Diario de Pedro Gallego V

DÍA 4: AVENTURA EN RABAT

El día, como siempre, empieza temprano para mí, hoy más de lo normal, y me decido por dar un paseo después de mi tradicional desayuno, esta vez en compañía únicamente de mi libreta. Al terminar de saborear mi jarcha (cuánto la voy a echar de menos!) me dedico a dar una vuelta por el centro del pueblo, el Balcón del Atlántico (y de paso saludar al mar y a los marineros que a esa hora se ven faenar en la distancia), la Plaza,… y hago tiempo hasta el momento en que mis compañeros estén listo, que a juzgar por la fiesta del día anterior, será también tarde, como de costumbre. Y así es; pero no me importa, sé que el camino de hoy es fácil, todo autovía, a pesar de separarnos de Rabat muchos kilómetros. Además, el profesor Ahmed y Widad me han hablado del grupo de hoy, y sé que hablan mejor español y será más fácil entendernos. Además, hay un grupo de chicas inseparables que son muy abiertas y que ayudarán mucho al acercamiento del grupo.

Las presentaciones siempre son difíciles, y este año vamos ya por la tercera, y aunque cada vez hay más intrépidos que se presentan solos, quedan muchos compañeros que hay que “ayudarles”… pero también les ocurre a ellos. Menos mal que Dani, Manuel Ela, Juana,…hacen de avanzadilla y rompen el hielo, que en cuestión de minutos queda totalmente disuelto. Y tengo la sensación de que ya tenemos la mente completamente liberada. Fácilmente descubro al grupo de “inseparables”: Youssra, Anna, Aicha, Khadiya, Rachida y Soukayna, que serán protagonistas de mi historia de aquí en adelante.

En el autobús se nos avisa de algo que casi todos sabíamos, pero por si acaso queda algún rezagado: al día siguiente comeremos en casa de alumnos marroquíes, y todos tenemos que estar invitados por alguien. Yo aun no tengo casa, pero es algo que no me preocupa, pues siempre llega; y no tarda en hacerlo, el grupo de las 6 inseparables lo hace, quedando para comer en casa de Anna. Invitan también a uno de mis compañeros inseparables del viaje, Manuel, que junto con Mihaela (MI PRIMA!!), Ela, Juana, Isra y Mónica han sido mi pequeña familia. Además, Pablo y Sergio, dos de los benjamines del grupo, y amigos de mi hermano, también son invitados a una velada que, sin esperarlo, sería de lo más especial.

El camino se hace corto, y antes de darnos cuenta estamos en Rabat, capital del país y ciudad imperial. La primera parada de la ciudad es en Dâr-al-Mahkzen, Distrito del Palacio Real y de todos los edificios gubernamentales. Se trata de una pequeña ciudad en el corazón de la gran Rabat. Allí hacemos una breve parada, donde encontramos a turistas japoneses (están en todas partes!!), para hacer fotos y observar la inmensidad de este enclave. Previamente, habíamos pasado ante la gran Mezquita, punto de encuentro por si nos perdemos (casualidad o no, es el único día que se ha prefijado un punto de encuentro para pérdidas, como si supiéramos lo que iba a suceder al final del día…).

La siguiente parada fue en la Necrópolis de Chella, una de las cosas que en mi anterior paso por la ciudad no vimos. En la misma puerta asistimos a una demostración de la música y la tradición de la zona, y rápidamente nos convertimos en protagonistas del momento, bailando y acompañando a los músicos, retratando lo movido del día.

El lugar es un complejo romano que posiblemente supone uno de los primeros asentamientos de la zona, y que contiene vestigios de diferentes culturas, todo ello rodeado de vegetación. Las vistas de la desembocadura del río son impresionantes, así como la cantidad de cigüeñas que encontramos en sus techumbres, que me recuerda a algunos enclaves de Extremadura.

Tras pasear por todos sus restos y sus jardines, y hacer cientos de fotos (algunas de lo más curiosas), y resguardados del calor, unos cuantos comienzan un juego de intercambio de preguntas que pronto se convirtió en una magnífica puesta en común de todos los participantes, desde profesores hasta alumnos.

Durante un rato se hicieron muchas preguntas, algunas de trámite, otras bastante más personales, pero que buscaban saber más del otro; y no solamente de los alumnos del otro continente, sino también entre los mismos compañeros, que veían en este juego la posibilidad de preguntar algunas cosas que de otra manera no se hubieran atrevido.

Rematado este primer momento de confraternización con múltiples fotografías que buscan evitar que caiga en el olvido.

Emprendimos el regreso hacia el bus para hacer la siguiente parada de la mañana: la famosísima Torre Hassan, tercera hermana de nuestra queridísima Giralda y de la Koutubia de Marrakech, y el Mausoleo de Mohammed V.

Este enclave sí era conocido por mí, pero esta vez adquirió un tono diferente, al realizar la visita acompañado de los alumnos marroquíes. Para algunos de ellos también era la primera vez que iban, y la ilusión se les veía reflejada en los ojos, en forma de brillo especial. Una vez más, la estampa de la torre inconclusa y el mar de fondo me sorprendió, sobre todo observada tranquilamente desde la barandilla del Mausoleo. En éste descubrí nuevos detalles, y la calma de esta ocasión invitaba a permanecer unos instantes contemplándolo.

Allí la amistad entre todo el grupo siguió creciendo, y un halo de festividad lo rodeaba de forma especial, como previendo lo que sucedería un poco más adelante. A la salida de las ruinas de la antigua mezquita la hora de comer se nos abalanzó, y los profesores, manteniendo su compromiso de que hoy invitaban ellos a comer, fueron en busca de un lugar donde almorzar en aquella zona, que podía interpretarse como “noble” observando las casas y empresas que allí se encontraban (en su mayoría, clínicas privadas de una u otra especialidad). Al poco tiempo hubo fumata blanca, y a escasos 10 minutos de allí nos encontramos en un amplio restaurante de menú variado donde pudimos comer tranquilamente, y donde, tras la comida, formamos una fiesta musical con jóvenes desconocidos. En cuestión de minutos, los acorralamos y montamos una fiesta en toda regla, y así estuvimos, en un ambiente festivo, hasta que el tiempo se nos echó encima…¡¡y pensábamos que estas cosas sólo pasaban en Andalucía!!

De allí fuimos a la fortaleza que preside la desembocadura del río, por donde paseamos levemente y tomamos un té con vistas al mar. Allí, y también casi espontáneamente, nos arrancamos y formamos una fiesta de la nada, con la colaboración y complicidad de varios guitarristas que estaban tranquilamente tomando un té y que, al igual que nosotros, se animaron a jalearnos. Pero no todo son alegrías, pues en cuestión de minutos, el jefe del bar salió echando demonios por los ojos y nos puso “de patitas en la calle”, y lo que es peor, ¡también a nuestros cómplices! Pero no contentos con eso, nos fuimos literalmente con la música a otra parte, y en mitad de los jardines, continuamos con la fiesta, el baile, y el cante, gracias a un cómplice español que tocaba y cantaba maravillosamente, y al que se sumaron buena parte de esos músicos que habían abandonado con nosotros la terraza del bar.

Y así estuvimos bastante rato, tanto que el tiempo se nos echó tan encima que casi nos atropellaba, obligándonos a cambiar, por enésima vez, el programa, y dejándonos muy poco tiempo para visitar la medina y zoco de la ciudad. A escasas dos horas de cumplirse la hora de encuentro, aun nos estábamos adentrando en la medina, dispersándose el gran grupo en muchas grupúsculos, lo que desde un principio no me “olió” demasiado bien; yo iba con Mihaela, Manuel e Isra en busca de algunas cosillas de tienda en tienda, pero con la tranquilidad de que el profesor Said, con un grupo de alumnos marroquíes, se encontraban muy cerca. Al ver que el tiempo apremiaba, y sin saber exactamente dónde nos encontrábamos y dónde estaba la Mezquita, punto de reunión acordado, me dirigí al profesor y acordamos que yo, junto con mis compañeros de Sevilla, nos adelantaríamos hacia la mezquita para llegar a tiempo, siguiendo las indicaciones recibidas por él.

Y así hicimos. Emprendimos la marcha siguiendo las indicaciones, adentrándonos cada vez más y más rápido en el sinfín de tiendas, en la interminable calle central de la medina; pero sin encontrar a ninguno de nuestros compañeros por el camino. Tras avanzar más de 20 minutos por aquella gran calle, comenzamos a extrañar el hecho de no haber visto a nadie aun, lo que empezó a inquietarnos; pero como teníamos las indicaciones y el punto de reunión, continuamos. Al llegar al final de la calle, la indicación falló levemente, pues la calle no terminaba como nos había dicho. Emprendimos intuitivamente la marcha en busca de un alminar de mezquita, pero rápidamente nos dimos cuenta de que estábamos en un error. Tras preguntar en varias ocasiones dimos con la Avenida Mohammed V, y ahí estaba, la Mezquita al final de una gran subida, y el reloj marcaba las 18:25 horas. ¡Sólo 5 minutos para la hora acordada! ¡Y nosotros tan lejos! Comenzamos a correr cuesta arriba y, no sé si fruto de los nervios o de la adrenalina, no sentía el cansancio en mis piernas, ni el miedo; solamente quería llegar hasta allí. En esta vorágine, cruzamos una manifestación y nos libramos de los “palos” por poco, pues también cruzamos la línea de antidisturbios. Y finalmente llegamos al último paso de peatones previo a la Mezquita, aunque ya con una certeza: allí no había nadie.

Tras corroborar que no había ni rastro de ningún compañero, ni profesor, ni por supuesto de Yunes y del autobús, nos dimos cuenta de algo mucho peor: no teníamos el teléfono de nadie, por lo que no podíamos contactar con ninguno de ellos. Mihaela nos dio esperanzas por un momento, al encontrar el teléfono de Rafael en su móvil, pero se desvaneció al comprobar que sonaba y nadie lo cogía… los nervios iban asomando, y las ideas apresuradas de coger un taxi, buscar dónde dormir, desandar lo andado,... todas iban cayendo en saco roto. Solamente había una realidad: éste era el lugar de encuentro y nos habíamos retrasado apenas 10 minutos, y nadie podía haber corrido más que nosotros para llegar hasta allí. En ese momento pasó por mi cabeza el recuerdo de Widad apuntando su teléfono en mi libreta; pasé las hojas en busca de su teléfono, lo encontré y lo marqué frenéticamente. Mientras sonaban los tonos sentía temblar mis piernas y al frío recorrer mi espalda, hasta que escuché la cálida voz de Widad al otro lado de la línea. Le pedí que me facilitara el número de alguna de sus amigas que estaban hoy con nosotros, y respiramos aliviados al tenerlo en nuestro poder. Pero aun no había acabado nuestra aventura: al llamar a Anna, me puso con Ela y nos contó que formaban otro grupo, esta vez más numeroso y en el que había alumnos marroquíes, y que estaban llegando al punto de reunión. Cuando volvimos a la entrada de la Mezquita los encontramos con dos de ellas desfallecidas, fruto del esfuerzo de llegar hasta allí…y aun sin señales de los profesores ni del autobús.

Algunas de las alumnas marroquíes comenzaron a asustarse, pero los más mayores conseguimos tranquilizarlas, convenciéndolas de que no podían haber dejado a un grupo tan numeroso en tierra. Al poco tiempo comenzaron, como un goteo, a aparecer los que faltaban, y César, Jesús y Said como profesores, que se apresuraron a llamar a Rafael y Adolfo y comprobaron que estaban en el autobús, esperando a que llegáramos; ¡¡pero en el mismo sitio donde nos había dejado!! TODO HABÍA SIDO UN MALENTENDIDO.

Aunque los primeros momentos de estar todos juntos fueron un poco tensos, y una vez superados los problemillas con los que nos habíamos encontrado, el camino de vuelta fue tranquilo, y los rencores quedaron apartados, pues no llevan a ninguna parte. El que sufrió las consecuencias de forma más directa fue Omar, que sin querer había sido en parte culpable del malentendido, pero que pagó, a mi modo de ver, un precio demasiado alto. No obstante, todo quedó solucionado en poco tiempo, que es lo realmente importante. Tras un camino bastante silencioso, en comparación con otros, nos despedimos de Yunes que por esta vez cesa sus servicios y su camino con nosotros, no sin antes desear que volvamos a vernos pronto.

Llegamos a Larache muy tarde, en especial para las chicas marroquíes que habían visto superada su hora de recogida. no obstante, estaba justificado y no se generaron más problemas. En lo que respecta a los alumnos españoles, el ambiente había quedado enrarecido, en especial por culpa del cansancio. Esto hizo que esa noche no fuéramos juntos a cenar a ninguna parte, lo que no supuso que Juana, Mihaela, Manuel y yo no hiciéramos lo propio en el pequeño bar de enfrente del hotel, donde llenamos el estómago antes de meternos en la cama. Una magnífica sopa caliente, que me supo a gloria, y una tortilla francesa fueron más que suficientes para aplacar el hambre y el susto que aun me quedaba en el cuerpo. Tras una reparadora ducha (como todas las noches, pero esta lo fue más), me metí en la cama y reflexioné lo vivido, que en el día de hoy había sido mucho, y llegué a dos conclusiones muy importantes: que no entiendo mi viaje a Marruecos sin Omar y que no me importaría quedarme aquí por más tiempo…Y sumergido en estos pensamientos me quedé dormido casi sin darme cuenta.